martes, 5 de noviembre de 2013

El brillo de las luciérnagas

Adrián Chaves Lozano Nº5    3ºA

El protagonista de la historia, de unos diez años, nació en un sótano por el que sólo entraba un rayo de sol a través de un ventanuco en la pared.  El niño tenía que tomar todos los días pastillas para compensar esa falta de luz natural. No sabía por qué él y su familia tenían que estar allí dentro y su padre sólo le explicaba que no podían salir porque era peligroso y que afuera no había nada. Ni personas, si animales, ni hierba. El niño solo sabía que había una puerta que siempre estaba cerrada con llave: era la salida, pero sólo su padre podía abrir esa puerta y le castigaban cuando intentaba abrirla. El niño vivía en el sótano con su padre, su madre, su abuela, su hermana y su hermano, que tenía un gran retraso mental.
Un día su hermana tuvo un bebé y él se puso contento de poder cuidar de él. Se asignó así mismo la tarea de protegerle. Todos los miembros de su familia tenían la cara quemada y su hermana llevaba siempre una máscara de plástico puesta que tenía prohibido quitarse delante de él. Su padre decía que se moriría de terror si viese la cara de su hermana porque le faltaba la nariz. Entonces él le preguntaba que qué había pasado para que hubiesen acabado así de dañados. Su padre sólo le decía que era por algo que había pasado fuera y que no podían volver a salir. Las únicas cosas que le impedían al niño intentar salir una y otra vez de allí eran su madre, su abuela, el bebé y un cactus que su madre le había regalado y que todos los días ponía bajo el rayo de luz que entraba por la pared. Con el paso del tiempo fue averiguando cosas. A veces se oían en el sótano pasos, cuando se supone que él debía de estar durmiendo y él le había preguntado a su padre de quién eran esos pasos que se oían sobre el techo del sótano. Su padre le contaba que era "el hombre grillo" que venía a buscar a los niños que estaban despiertos para devorarlos. Por eso el niño sentía auténtico terror cada vez que oía los pasos y se escondía de la sombra del "hombre grillo".  



A veces faltaba comida en el sótano y durante un par de días su madre no podía darles huevos ni carne para comer, pero misteriosamente al poco, la lacena, volvía a estar repleta de forma misteriosa. Todo empezó a aclararse para el protagonista un día en el que sucedieron muchas cosas: su cactus cayó al suelo y el padre lo pisó y lo aplastó. Con lo cual, el niño se quedó sin su amigo. Encontró unas luciérnagas, las cuales guardó en un bote de cristal y las escondió bajo el colchón del bebé.  Se dio cuenta de que su hermana no quería al bebé y solo quería hacerle daño. En esos días ésta le enseñó su cara, sin máscara; y vio que no tenía nada extraño, su cara era tan lisa como la de él. Al niño le dolió mucho saber que sus padres le habían mentido y su hermana le explicó que sus padres le habían mentido en muchas cosas más. Por eso su hermana le intentó convencer para que por todos los medios intentara escapar del sótano. El niño no estaba convencido porque no quería abandonar a su madre, ni a su abuela, ni al bebé. Pero la hermana terminó de convencerle diciéndole que el padre era muy malo, porque además de haberle dicho mentiras, había sido él el responsable de que ella hubiese tenido un bebé. Tramaron un plan entre los dos para escapar en cuanto la puerta estuviese abierta y salir los dos al exterior. Un día la hermana  consiguió que los padres se enfadasen mucho y dejasen la puerta abierta. El protagonista cogió sus luciérnagas y entró en el túnel oscuro que habían detrás de la puerta. A penas veía nada a pesar de las luciérnagas. Pero entonces escuchó los pasos del "hombre grillo" que corría hacia él y se quedó paralizado por el miedo. El "hombre grillo" lo alcanzó y le apretó muy fuerte con sus patas. Le llevó de vuelta al sótano,  donde sus padres luchaban por evitar que la hermana escapase también.
Cuando el niño pudo dejar de sentir miedo, vio que no había ningún "hombre grillo", sino un señor mayor que le dijeron que era su abuelo. Pero su hermana aprovechando el descuido, había cogido un cuchillo de la cocina y estaba intentando clavárselo al padre para poder escapar. La madre rápidamente cogió el bote de luciérnagas y lo estrelló contra la cara de la hermana para defender a su marido: el cristal se rompió, cortándole la nariz y comenzando a sangrar mucho. Entre todos la llevaron a su cama e intentaron cortar la hemorragia.
Mientras tanto, le explicaron al niño la verdadera razón de porqué estaban en el sótano. Cuando él aún no había nacido y sus hermanos eran pequeños, vivían todos juntos (el abuelo incluido) en una casa con faro. Para subir al faro había unas escaleras muy peligrosas y los padres habían prohibido al hermano que la subiese, por miedo a que se cayera y se hiciese daño. Pero un día que los padres se tuvieron que ir y encargaron a la hermana que cuidase de su hermano, aquella convenció a este para que subiese las escaleras: el niño se cayó y se abrió la cabeza. La hermana, sin decirle nada a nadie, lo dejo sangrando encima de la cama, y cuando los padres volvieron y se dieron cuenta de lo que había pasado, ya era tarde y el niño había sufrido un daño cerebral irreversible.
Unos años después desapareció una niña del pueblo y todos la estuvieron buscando durante muchos días,  hasta que un día el hermano la trajo muerta entre sus brazos. Al parecer la niña se había caído al acantilado y había quedado malherida. El hermano había decidido que era su novia y bajaba todos los días al acantilado a hablar con ella hasta que murió. Los padres y los abuelos intentaron proteger al niño, pues pensaron que lo culparían de la muerte de la niña, y por ello decidieron enterrarla. La hermana intentó durante días denunciar a su familia, y como ésta sabía que aquella lo conseguiría algún día, decidieron que arreglarían el sótano para esconder allí al hermano y todos se turnarían para atenderle y no dejarle solo. Nada mas terminar la obra del sótano la hermana consiguió hablar con el padre de la niña muerta, quién se presentó en la casa con varios cócteles molotov que arrojó contra el edificio, prendiéndole fuego, por lo que todos tuvieron que escapar inmediatamente al sótano. Allí acordaron que el abuelo se quedaría en la casa a esperar a la policía y decirles que la familia había escapado por mar en una barca. Y cuando nadie rondase la casa él se encagaría de llevar comida y todas las cosas que necesitasen en el sótano.
Al intentar que la hermana bajase al sótano, ella estrelló contra la familia uno de los cócteles molotov y eso provocó las quemaduras en el rostro de todos ellos. En ese momento el protagonista de esta historia estaba en el vientre de su madre.
A consecuencia de la última pelea en el sótano, la hermana murió durante la noche. Entonces la familia acordó que el niño podría vivir fuera del sótano con su abuelo, y se llevarían con ellos al bebé (que en realidad era hijo del hermano, quién se había empeñado en que su hermana era su novia). El niño quería llevar consigo a sus luciérnagas... pero nunca hubo luciérnagas: todo el tiempo se las había imaginado.
Una vez en el exterior, el niño pudo ver luciérnagas reales y vivir feliz con su abuelo y el bebé de su hermana, mientras visitaba todos los días a su familia del sótano.

Autor: Paul Pen

Personajes: A ningún personaje se le ha asignado nombre. El protagonista es un niño. Los demás personajes son su madre, su padre, su abuela, su abuelo, su hermano, su hermana y su sobrino. 

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