martes, 5 de noviembre de 2013

La Carretera por Sergio Antón Nº5 3ºB

Título: La Carretera
Autor: Cormac McCarthy
Editorial: Mondadori
ISBN: 978-84-397-2077-5


RESUMEN

Este libro trata del viaje hacia el Sur de los Estados Unidos de un padre y su hijo para escapar del frío, en un futuro en el que el mayor logro es sobrevivir.
Al inicio del viaje, en la carretera que les llevará a su destino, encuentran un pueblo en el que se detienen para buscar provisiones con las que llenar el carrito donde transportan todo cuanto tienen. En la gasolinera cogen aceite para su lámpara, y en una de las casas en las que entran encuentran mantas. Descansan un momento y el padre recuerda cómo y cuándo empezó todo, cómo su esposa los abandonó. El único objetivo del padre es poner a salvo a su hijo y por eso van hacia el Sur, pues han oído que allí tendrán más fácil salir adelante. Decidieron salir del pueblo y acampar a las afueras, al calor de la lumbre y de las mantas que habían encontrado.
Siguieron caminando durante varios días sin alejarse mucho de la carretera, pero con mucho cuidado para que no los descubrieran. No podían fiarse de nadie. Encontraron un lago precioso y el hijo no se lo pensó dos veces, se quitó la ropa y se metió en el agua de cabeza. Aunque hacía mucho frío, el padre le siguió. Por unos momentos fueron felices, como hacía muchísimo tiempo que no lo eran. Salieron del agua, se secaron y cenaron un poco. Otra noche más dormirían al  aire  libre.
A la mañana siguiente estaban de nuevo en la carretera. Los días pasaban monótonos: frío y soledad. Una noche llegaron a un punto en el que la carretera pasaba por encima de un riachuelo. Decidieron pasar la noche bajo el puente. A la mañana siguiente encontraron un camión atravesado en la carretera. No tuvieron más remedio que vaciar el carrito y pasarlo tumbado por debajo del camión. Luego pasaron todas las provisiones. Mientras el padre revisaba la cabina, el niño se dirigió al remolque, hizo una gran bola de papel, le prendió fuego y la tiró al interior del remolque. Sólo había basura y cadáveres de personas. Ya estaba acostumbrado a este tipo de descubrimientos. Siguieron su camino hasta que oyeron el ruido de un motor. Salieron de la carretera para esconderse, pero no lo consiguieron. La furgoneta paró a su lado y bajó un hombre  armado. El padre cogió al chico a la vez que encañonaba al hombre armado. No le quedó otro remedio que matar al asaltante. Escaparon a toda velocidad, bosque a través y dejando abandonadas casi todas sus posesiones. Al padre sólo le quedaba una bala. No les quedaba más remedio que seguir hacia adelante, y así lo hicieron, alimentándose con lo poco que encontraban o conseguían cazar.
Pasados unos días encontraron una casa con jardín, apartada de todo. El hijo no quería ni acercarse. El padre le obligó. Encontraron algunas conservas y poco más. Descubrieron una trampilla que el niño no quería abrir. El padre rompió el candado con una pala que encontró en el jardín y, aunque con mucho   miedo, entraron en busca de ropa y alimentos. Consiguieron encender una lámpara de aceite y lo que vieron  les paralizó: un montón de personas en los huesos que sólo decían “ayuda”. De repente se abrió otra puerta y aparecieron los que debían ser los dueños de la casa. Padre e hijo escaparon de milagro. Corrieron hasta que aguantaron y se escondieron cuanto pudieron para dormir. Aun de noche, el padre despertó tosiendo sangre y se puso a caminar. Encontró un granero con árboles alrededor. Recogió todas las manzanas que podía transportar y las arrinconó. Se atrevió a entrar en el granero y encontró el baño, levantó la tapa del retrete y encontró lo que llevaba buscando mucho tiempo: agua. Rellenó unos botes y les echó unos polvos que había encontrado en la cocina. Parecía zumo. El padre volvió junto a su hijo, que seguía dormido. Al despertar y ver lo que parecía zumo y las manzana, el hijo lloró. Comieron un poco y se pusieron en marcha. Mientras caminaban empezaron a hablar del mundo tal y como era antes.
Pasaron días, tal vez semanas, hasta que encontraron un tren descarrilado, cerca de la carretera. Comieron algo y pasaron la noche en el tren. Al día siguiente volvieron al camino con mantas y algo de comer que habían encontrado en el tren. A los pocos días llegaron a una ciudad abandonada. Pasaron por un centro comercial al que pudieron entrar y en él se hicieron con ropa y un carrito nuevo. Se iban a quedar a dormir y, de repente, el hijo vio algo pasar corriendo frente a él: era un niño pequeño. Se lo contó al padre y éste le dijo que no podían perder el tiempo buscándolo. Se durmieron. Al día siguiente estaban otra vez en la carretera.
Los días pasaban y pasaban, y no encontraban comida. El padre sabía que no podrían aguantar muchos más días así. Vieron un pueblo y se dirigieron hacia él, con cautela pero sin dudar, pues tenían mucha hambre. Se detuvieron ante la entrada de la primera casa que encontraron. En el jardín tropezaron con una trampilla que el niño no quería ni abrir, recordando lo que habían encontrado en la última casa. El padre abrió  la trampilla a patadas. Encontraron el paraíso: ropa, comida, agua, una lámpara de gas. Pasaron varias semanas en aquella casa, incluso pensaron en quedarse, pero sabían que debían volver a la carretera si no querían que les aislase el mal tiempo. Tenían ropa nueva, un montón de provisiones, una lámpara y gas. Tendrían que estar felices, pero, por momentos, el padre hubiera preferido no encontrar nada y acabar con aquella pesadilla de una vez por todas. No podía permitirse tener esos pensamientos, debía seguir adelante hasta poner a salvo a su hijo. A la salida del pueblo encontraron en la carretera a un anciano vestido con unos pocos harapos. El niño sintió lástima y le preguntó al padre si le podían dar algo. El padre le dio una lata de melocotones y siguieron adelante.
Caminaron muchos días sin contratiempos, salvo por el hecho de que el hijo había dejado abierta la botella de gas y casi se vacía del todo. Los días seguían pasando hasta que llegaron a un pueblo que parecía abandonado. Entraron en una farmacia, pero ya había sido saqueada. En una estantería había unos tarros grandes y al darles la vuelta vieron que el contenido eran cabezas humanas flotando en líquido. Cuando iban a marchar, tres hombres aparecieron frente a ellos con barras metálicas en las manos. El padre tuvo tiempo de amenazarles con la pistola y pudieron escapar. Cada poco el padre miraba hacia atrás, preocupado; pero los asaltantes no se movían del sitio.
Siguieron caminando y un día oyeron voces en el camino, se apartaron para esconderse y dejaron pasar a dos hombres y una mujer embarazada. El hijo preguntó al padre si serían de los buenos o de los malos. El padre le contestó que sólo sabía una cosa: “nosotros somos de los buenos”. Al día siguiente volvieron a la carretera. Pasaron unos pocos días y divisaron una columna de humo. Se acercaron sigilosamente y vieron lo peor que nadie podría haber visto, un niño degollado y destripado envuelto en llamas. El padre tapó los ojos a su hijo, pero comprendió que era inútil. Se alejaron derrotados, envueltos en silencio pero con la firme determinación de seguir adelante.  Vieron una casa a lo lejos y realizaron un último esfuerzo para llegar hasta allí. Estaban tan cansados que se pusieron a dormir sin cenar, sin rebuscar por la casa. A la mañana siguiente revolvieron toda la casa y encontraron un poco de comida, mantas, sábanas, velas y una cacerola. Volvieron al camino.
A los dos días encontraron lo que llevaban buscando ya demasiado tiempo: una playa, la mar. El padre se lamentó porque era distinta a como la recordaba: el agua era gris en vez de azul. El hijo pidió permiso al padre para zambullirse; el padre tan sólo le advirtió que el agua estaría muy fría. A los pocos minutos salió del agua morado, tiritando, muerto de frío, pero encantado por haberse bañado en la mar. Hicieron una hoguera, se calentaron, comieron un poco y se fueron a dormir charlando sobre lo que esperaban encontrar en un barco que habían visto varado no muy lejos de la orilla. A la mañana siguiente el padre se fue nadando hacia el barco, el niño quedó en la orilla vigilando. Revisar todo el barco le llevó unos cuantos días. Finalmente recogieron muchas provisiones, un bote salvavidas hinchable, una pistola de bengalas, una moneda muy rara, un botiquín, ropa y botas de pescador. Justo la noche antes de ponerse de nuevo en marcha, el hijo enfermó. Consiguió recuperarse en pocos días y la noche anterior a partir lanzaron una bengala porque la hacía mucha ilusión al hijo. A la mañana siguiente se pusieron en marcha, pero avanzaban muy despacio porque la arena no era buen sitio para arrastrar cosas y, además, hacía tanto viento que la arena no dejaba de golpearles el cuerpo. Decidieron acampar. Se despertaron con una sorpresa: les habían robado todo cuanto tenían. Se dirigieron a la carretera y encontraron un rastro de arena que siguieron.  No podían correr porque el padre vomitaba sangre si se esforzaba mucho, pero sí podían caminar deprisa, y así lo hicieron hasta que divisaron al ladrón y le dieron alcance. Les amenazó con un cuchillo, pero el padre no se había desprendido de la pistola y le apuntó a la cabeza. Aunque el ladrón imploró misericordia, el padre le dejó tirado, desnudo y sin comida ni bebida. El niño lloraba por aquel hombre que les había robado. El padre cedió y le dejó la ropa tirada en la carretera; al menos podría librarse un poco del frío que hacía.
Los días seguían pasando hasta que llegaron a una pequeña ciudad. Estaban en una plaza y, de repente, algo rebotó junto a ellos; era una flecha. El padre se tiró al suelo tapando a su hijo pero otra flecha le dio en una pierna. Soportando el dolor como pudo, cogió la pistola de bengalas y disparó, alcanzando a quien le había disparado. Mientras una mujer le maldecía, el padre consiguió alcanzar el botiquín y limpiar un poco la herida. Coserla le produjo el mayor dolor que había soportado hasta entonces.
A los pocos días el padre ya no tenía fuerzas para continuar. La herida le producía un tremendo dolor y casi no comía para dárselo a su hijo. Cogió a su hijo por los hombros y le dijo que tenía que seguir adelante sin él, que era la obligación de los buenos: seguir adelante. El hijo no podía dejar de llorar y así siguió hasta que murió su padre. Lo tapó con unas cuantas hojas y se puso a caminar siguiendo la carretera, tal y como le había dicho su padre. Al día siguiente se encontró con un hombre barbudo que le ofreció ir con él. El niño dudaba, tenía mucho miedo porque había visto demasiadas cosas y casi todas horribles. Le preguntó: “¿Eres de los buenos?” El hombre barbudo no comprendió la pregunta, pero le respondió que sí. Le dijo: “Puedes no creerme y quedarte ahí, o arriesgarte y venir conmigo”. El niño decidió acompañar al hombre barbudo. Iban en silencio hasta que el niño le preguntó si a donde iban había otros niños. El hombre barbudo le respondió que sí.
El niño prosiguió su camino, esta vez acompañado por el hombre barbudo.




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