jueves, 27 de marzo de 2014

KARL Y ANNA


Durante cuatro años, Karl y Richard, dos prisioneros de guerra, han convivido en la soledad de una remota estepa, dedicados a cavar un enorme foso con forma de cruz. Día tras día, Karl escucha de su compañero Richard miles de detalles de su vida en común con Anna. Así, Karl acaba por conocer toda intimidad física y espiritual de aquella mujer, y se enamora de ella, a tal grado que sólo ese sentimiento le da fuerzas para seguir viviendo. Un día los trasladan a cárceles distintas y deben separarse. Karl escapa de la prisión y su único pensamiento es llegar a la casa de Anna y, luego de recorrer durante tres meses la enorme distancia que lo separa de ella, se hace pasar por Richard, su marido; de otro modo, ¿cómo podría saber tantas cosas de Anna y del hogar?
La mujer desconfía; no le cree; nunca le cree. Pero Karl sabe ganarse a aquella señora sencilla y honesta. Y así Anna, a pesar de dudas y reticencias se le entrega después por completo con tierna naturalidad, aunque está convencida aquel hombre no es su marido. Karl sigue, se sostiene en su afirmación.Pasado un tiempo, eso ya no tiene importancia. Ambos aceptan la realidad y sobre ella construyen una nueva vida; sólo entonces viene para los dos la total unión, una compenetración entrañable, se aman, se pertenecen; se sienten libres de culpa, puros y seguros de aquel sentimiento. Y Anna queda embarazada. Cierto día, ella recibe una carta de Richard, su marido. Para ambos ha llegado la hora de la verdad. "Cuéntame todo", pide Anna a Karl. Y éste hace una relación de su vida en compañía de Richard y de cómo surgió su amor por ella a través de las palabras de su amigo. Karl y Anna, ahora más unidos que nunca, sólo viven en espera de la aparición de Richard en cualquier momento. Y llega ese día. Sucio, piojoso, desgreñado, "escupido por la guerra", se presenta el marido. Llega para entrar en posesión de su casa y de su mujer, como si nada hubiese pasado. Se entera de la verdad por los silencios de la pareja, más que por lo que puedan decirle. Además, nota el embarazo de Anna. Furioso, va a buscar el hacha para matar a Karl. Unas palabras de Anna lo detienen: "No puedo vivir sin él. Mátame a mí". Richard queda perplejo y anonadado; ya no hay remedio; guarda silencio. Mientras tanto, Karl y Anna aprontan sus cosas para irse. Y se marchan juntos, desafiando las risas, burlas y maledicencias de todo el vecindario. Antes de irse, muchas veces la mirada de Anna se posó en Richard, "pero nunca se le ocurrió entregarse a su piedad y quedarse a su lado. Nada en el mundo puede ser tan cruel como el amor, que se da la mano con el más asesino de los egoísmos".

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