miércoles, 28 de mayo de 2014

El Gigante Egoísta- Adrián Chaves Lozano Nº5 3ºA

                                                 El Gigante Egoísta
                                  Oscar Wilde

La casa del Gigante tenía un jardín inmenso que cada primavera se llenaba de pájaros, árboles frutales y flores. El Gigante estaba muy orgulloso de su jardín.
Hacía siete años que el Gigante se había ausentado de su casa, porque había ido a visitar a un amigo y les llevó todos esos años agotar la conversación.
Mientras el Gigante estaba fuera, los niños acudían a jugar a su jardín. Pero eso se terminó cuando el Gigante regresó: vio a todos esos niños jugando en su jardín y se puso furioso. Comenzó a gritarles que no podían entrar porque era una propiedad privada y a base de gritos los echó a todos de allí. Para impedir que volviesen a entrar los niños, el Gigante construyó un muro muy alto que rodeaba todo el jardín, y puso en el muro un cartel enorme que prohibía la entrada bajo castigo.
Los niños tuvieron que buscarse otro sitio donde jugar, pero la calle estaba llena de polvo y piedras y se hacían daño.
Pasó el tiempo y llegó el invierno y todos los árboles y plantas del jardín se llenaron de escarcha y nieve y cuando la primavera llegó a todas partes el jardín del Gigante seguía cubierto de nieve.
El Gigante pensaba que la primavera estaba tardando más de la cuenta en llegar, pero pasaron los meses y el Viento del Norte y el granizo se adueñaron del jardín del Gigante. Como las plantas y los árboles echaban de menos a los niños, decidieron que no saldrían de debajo de la tierra.
El Gigante no entendía nada y ya ni quería levantarse de la cama por no sentir el frío y el granizo. Uno de esos días en los que no pensaba levantarse de la cama escuchó un sonido muy agradable que ya casi se le había olvidado: era el canto de un jilguero. Se asomó a la ventana y vió que los niños (que habían regresado al jardín por una brecha que había encontrado en el muro) estaban de nuevo jugando en el jardín.
El Gigante vio que el jardín había florecido de nuevo y que estaba más bonito que nunca, entonces comprendió que había sido un egoísta.
Tan contento como estaba ahora de ver a los niños y arrepentido de haber sido tan egoísta, casi no se había dado cuenta de que al fondo del jardín había un árbol que seguía cubierto de nieve, y al pie había un niño muy pequeño llorando porque no podía subirse a las ramas. El Gigante fue enseguida a ayudar al niño, y los demás, al verlo, salieron corriendo asustados. El Gigante abrazó con mucho cuidado al niño pequeño y subió al árbol: entonces el árbol floreció inmediatamente, el niño pequeño abrazó al Gigante y le dio un beso y los demás compañeros al ver que el compañero besaba al Gigante perdieron el miedo y regresaron.
A partir de entonces y durante muchos años el Gigante no volvió a ver al niño pequeño, y aunque quería a todos los niños y jugó con ellos hasta que fue demasiado anciano para hacerlo, seguía echando de menos al pequeñín porque era el primero que le había dado un beso.
Un día el Gigante volvió a ver al pequeño junto al árbol del fondo del jardín y fue muy contento a abrazarlo, pero cuando lo vio se enfadó muchísimo al ver que el pequeño tenía unas heridas muy grandes en las manos y en los pies, y quería matar a quien hubiese hecho al pequeño tanto daño, pero el pequeño le dijo que no se preocupase, que eran heridas del Amor y que no se preocupase y que como había sido tan bueno el Gigante por dejarles jugar en el jardín durante tantos años, ahora él le iba a llevar a su jardín del paraíso.

Al día siguiente cuando los niños fueron a jugar al jardín del Gigante le encontraron muerto al pie del árbol del fondo y completamente cubierto de pétalos de flores.

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