jueves, 29 de mayo de 2014

La leyenda de ciertas ropas antiguas- Adrián Chaves Lozano Nº5 3ºA

                            La leyenda de ciertas ropas antiguas
                                            Henry James

En el siglo XVIII en Nueva Inglaterra, la señora Willoughby se quedó viuda tras seis años de matrimonio. Su situación económica no quedó precisamente boyante pero se las arregló para sacar adelante a sus tres hijos: Bernard, el preferido de la señora Willoughby y sus otras dos hijas, Viola la mayor y la menor Perdita. El difunto señor Willoughby era un entusiasta de la obra de Shakespeare, de ahí que pusiese a sus hijas nombres de personajes de esas obras.

Con harto dolor de su corazón la señora Willoughby decidió cumplir los deseos de su difunto esposo en relación a su hijo Bernard, de forma que lo envió con 16 años, a estudiar a Oxford, donde el chico hizo una carrera bastante brillante. Tras los años de estudio en la universidad, Bernard se fue de viaje a Francia, y al cabo de un tiempo pensó que ya era hora de regresar a Nueva Inglaterra, cuando llego a casa de su madre se dio cuenta de que Nueva Inglaterra no era tan provinciana como el imaginaba después de sus viajes por el extranjero y encontró que sus hermanas, que en su ausencia se habían convertido en unas jovencitas estaban perfectamente a la altura de las damas que vivían en las grandes ciudades del extranjero.
Bernard no había regresado solo, le acompañaba el mejor amigo que había hecho en esos años, el señor Arthur Yoid, quien era un joven atractivo, educado, culto y con una muy buena situación financiera. Pensaba quedarse un tiempo con Bernard en la casa de su familia.
La señora Willoughby decidió que Arthur se casaría con alguna de sus hijas, convencimiento que también tenían sus hijas, y que al cabo de un tiempo tuvo también Arthur.
El problema estaba ahora en saber cuál de las dos hermanas iba a ser la elegida.
Cuando Arthur eligió a la menor, Perdita; la hermana mayor, Viola, lloró amargamente, pero hizo todo el esfuerzo posible por parecer resignada y ayudar en la confección del ajuar de novia de su hermana.
Aun así Perdita sabía que su hermana estaba profundamente celosa de ella. Esos celos los vio confirmados el día en que, después de su boda, habiendo salido de su habitación después de cambiarse y dejar allí su traje de novia, al regresar para recoger algo, encontró que Viola se había puesto su velo de novia y un collar que le había regalado su marido y se contemplaba en el espejo de su habitación con una especie de mirada de triunfo.
Esta escena hizo que Perdita saliese de la habitación disgustada y se rompiese la relación de las hermanas.
Al cabo de un año, Perdita y Arthur se habían mudado a una lujosa mansión y estaban esperando un hijo. Cerca del momento en que debía nacer el bebé Arthur fue por negocios a Nueva Inglaterra, y aprovechó a visitar a su amigo Bernard, quien se había casado recientemente y vivía con su mujer en casa de la señora Willoughby. Ese día fue a montar a caballo toda la tarde con Viola y cuando regresaron encontraron un mensaje que decía que Perdita estaba a punto de dar a luz. Arthur se fue inmediatamente y cuando llegó a su casa ya había nacido su hija. Perdita se enfadó mucho con él al enterarse de que había llegado tarde porque había estado paseando con Viola.
Unos días después Perdita se puso muy enferma, y antes de morir, creyendo que su hermana iba a querer apoderarse de todas sus joyas y vestidos que le había regalado su marido, le hizo prometer a Arthur que cuando ella muriese los guardase todos en un baúl y que no se abriese hasta que su hija fuese mayor.
Unos dos años después de la muerte de Perdita, Arthur decidió ir a buscar a su hija, que se había quedado al cuidado de la señora Willoughby. Con el paso de los días decidió pedir matrimonio a viola y ambos se casaron. Al cabo de un tiempo la situación económica de Arthur empeoró al quebrar todas sus empresas, por lo que Viola se vio en la necesidad de vivir  en la pobreza.
Un día le preguntó a Arthur que qué había pasado con las joyas y los vestidos de su hermana, pero Arthur no quería oír hablar del tema, hasta que las lágrimas y el enfado de Viola le obligaron a contarle la promesa que le había hecho a Perdita y a entregarle la llave del baúl.

Unos días después nadie encontraba a Viola por la casa ni fuera de la casa, y Arhur asustado decidió buscarla en el ático: allí vio el baúl de Perdita abierto y a Viola con expresión de terror en los ojos abiertos y muertos, con dos marcas moradas a los lados del cuello como si algún fantasma la hubiese extrangulado.


                  
                                                                   FIN

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