domingo, 11 de mayo de 2014

LA OTRA MITAD
Mario Possenti lamenta la pérdida de Cora, su amante, quien fue asesinada por Carlos, el esposo de ella, y éste a su vez se suicidó. El vacío al que se enfrenta Possenti lo hace evocar tanto su pasado corno el de ella, así como el nacimiento y la consolidación de su amor. En la primera parte de la novela, Possenti se transforma en una especie de investigador policiaco ansiando descubrir la causa de la tragedia. Busca noticias, hechos, actitudes, horarios. Trata de averiguar cuál de los dos murió primero. Y se pregunta si se muere con los ojos abiertos y por qué. Luego, en su angustia, el amante solitario se aleja de ese tipo de investigación para averiguar en lo más hondo de sus sentimientos. Él, que creía saber todo acerca de ella, se ve obligado a cambiar; ahora lo hace buceando en los instantes perdidos, en los momentos de felicidad, apelando a la introspección y la retrospección. La vida de Cora es la historia de una disonancia. Aunque su niñez transcurre dentro de una familia con valores tradicionales, a edad temprana presencia escenas violentas fuera de casa, sucesos que los demás se empeñaron en ocultar y ella persevera en mantener vivos. Desde pequeña es fuerte y conforme crece acepta las zonas de conflicto indispensables en su personalidad independiente. La considera frustrada e insatisfecha por Carlos, su marido, profesor de literatura que siempre tiene el pensamiento puesto en su amada. Mario Possenti relaciona, en una emotiva cátedra, el destino de Cora con el de la poetisa uruguaya Delmira  Agustini, en ambas, según él, la aspiración al amor las empuja desesperadamente hacia la muerte. Junto a él vive Galia, hombre de vigorosa vida interior; brillante, pero incapaz de establecer una relación profunda con los demás, pese a su gran necesidad de afecto, y destinado a aclarar algunos aspectos de la tragedia de Cora. Luego, existe Dina, que puede elevarse del candor casi infantil a la seriedad de la vida adulta sin perder su calidez; es también la dueña de la librería donde se conocieron Cora y Mario Possenti, y vive preocupada por sus gatos. Los protagonistas consiguen superar su sentimiento de culpa por el adulterio mediante la justificación de no hacer sufrir a nadie "si les seguimos dando lo mismo que ya tenían de nosotros, todo lo que antes les dábamos." Por eso, Cora no se atreve a pedir el divorcio a su esposo; por eso, ellos y su amor funcionan" aun cuando, en ocasiones, la distancia los separa. La mujer paga su culpa con el cautiverio, el hombre paga la suya después de la muerte de ella. El vacío actual lo eleva a revisar su actitud ante el amor, del que podía esperar todo; ahora sólo se pregunta, en medio de la soledad: "Amor mío, ¿quién eras?"
Termina la obra cuestionándose "¿y ahora? Ahora nada. Éste ha sido, éste seguirá siendo el territorio de nuestra soledad. Hasta mañana, piensa en mí, quiéreme. Ésta es la condena, extrañarte, olvidarte, no olvidarte, la soledad, la noche, el vacío, el tiempo, la incomunicación y la muerte."

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